jueves, septiembre 11, 2008

Inocencia...

Tenían catorce años - o trece quizás- y nadie les había contado cómo funcionaba aquello. Él sólo sabía que le encantaba verla en la grada del polideportivo los sábados por la mañana, cuando jugaba en el equipo del colegio su partido semanal en el campeonato escolar. Y ella sólo sabía que se pasaba la semana esperando a que llegara el sábado para que él sonriera al mirar a la grada - ¿a ella quizás? - cuando salía el equipo a calentar.

Él fue a aquella excursión porque iban sus amigos, ella porque iba él - aunque eso no lo supo hasta más tarde. Cruzaron sus primeras palabras una hora después de bajar del tren, aunque él no las recuerda. Sí recuerda su sonrisa. Comieron juntos, compartiendo la comida que traían de casa. Por la tarde, mientras veían atardecer desde lo alto de una colina, ella le cogió brevemente la mano, con temor a su reacción y, sobre todo, a lo que sus amigas y los amigos de él pudieran pensar.

Pasearon a la luz de la luna, cogidos de la mano. Cuando volvieron a la explanada donde estaban las tiendas de campaña descubrieron que quedaba una vacía, aunque nunca supieron si habia sido idea de los amigos de él o de las amigas de ella. Y allí, la curiosidad venció al miedo. Sus labios recorrieron el rostro de ella, sus ojos, su pelo y, como si estuvieran recogiendo los frutos de un árbol prohibido, encontraron sus labios y se unieron en un interminable beso. Luego, entre caricias y besos, compartieron sueños...

En los días siguientes era él el que la esperaba a la salida del colegio. Ha pasado mucho tiempo pero sigue recordando el desorden de su pelo y el vuelo de la falda del uniforme. Juntos comenzaron a descubrir un nuevo mundo, donde se mezclaba el sabor dulce y extraño de los besos, el frío de los portales, el amargo de la cerveza tomada furtivamente en los parques y el humo del tabaco negro, el único que podían pagar.

Un día ella le dijo que estaba enamorada... pero no de él. El cuento se acababa, pero decidieron seguir siendo amigos. Nunca más volvieron a verse.

Ahora él es mayor, demasiado mayor quizás, suponiendo que se pueda ser demasiado mayor y, por más que se esfuerza, no consigue recordar su cara. Pero lo que nunca ha olvidado es su risa, su pelo revuelto al salir del cole, la noche en la que soñaron juntos y, sobre todo, el olor de su piel y el sabor salado de aquel beso furtivo y adolescente en una noche cualquiera de primavera en la que, sin tener muy claro cómo funcionaba aquello, sintió por primera vez lo que luego más tarde descubrió que llamaban amor.

Tampoco ha olvidado su nombre...

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Como escribió Joaquín Sabina: "No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca, jamás sucedió"

Lucas dijo...

anónimo: Lo bueno de esto es que sí sucedió...

Carlos Capote dijo...

¡Qué carta te has marcado! ¡Qué historia!

Anónimo dijo...

Sí, sucedió, pero no a todos por igual.